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21/10/2017

 

EL TRAUMA EN LAS PERSONAS REFUGIADAS

 

 

De acuerdo con la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados, un refugiado es una persona que "debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país; o que careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores no quiera regresar a él"…


Con independencia de que la decisión haya sido tomada de forma libre u obligada, para todas las personas la ruptura migratoria irá acompañada de estados afectivos básicos que pueden presentarse con mayor o menor acceso a la conciencia: la persona oscila en la ambivalencia del dolor por lo que se pierde, la culpa por lo que se está abandonando y la ansiedad frente a lo desconocido. Esto es lo que se pondrá en juego en cada migración…, son las consecuencias de la decisión de emigrar que convendría que todo sujeto reconociese y afrontar mejor así la migración.

 

El emigrante está llamado a transitar el proceso de duelo con sus sentimientos de pesar y abatimiento, de inhibición y restricción del yo (de lo que era en su país), pero junto a esto debe incorporar lo nuevo que encuentra. Esto hace que su duelo en realidad no desaparezca nunca del todo ya que la pérdida es vivida, en realidad, como confusa y ambigua. Por ello, el duelo migratorio podría considerarse un síndrome en tanto abarca un conjunto de representaciones mentales y de vivencias ambivalentes, se trata del Síndrome de Ulises. Quien ya no está es el sujeto, ya no es el mismo que dejó el país, y porque siempre es posible fantasear con recuperar lo que se perdió.

 

La estructura de personalidad de cada sujeto se configura en base a los rasgos de carácter y a las vivencias emocionales que haya experimentado durante la evolución en la etapa infantil, son el resultado de la calidad de los primeros vínculos afectivos. Si éstos han garantizado que el sujeto desarrollara su individualidad y autonomía, adquiriendo en el proceso un grado suficiente de confianza en sus posibilidades, podría pronosticarse que esta persona estaría en condiciones de elaborar adecuadamente las consecuencias emocionales de emigrar.

 

Las personas refugiadas que llegan a Europa a menudo se enfrentaron con guerras, persecuciones y dificultades extremas en su país de origen. Muchos experimentaron desplazamiento y dificultades en los países de tránsito y se embarcaron en peligrosos viajes. La falta de información, la incertidumbre sobre su estatus migratorio, el miedo ante la potencial hostilidad, el cambio de políticas y los arrestos indignos y prolongados, añaden un estrés adicional al proceso normal en la emigración. Una migración obligada vuelve vulnerables los soportes de protección previos - como los proporcionados por una familia extensa -, poniendo en riesgo las identidades propias culturales, religiosas y de género.


La migración forzada requiere de múltiples adaptaciones en periodos cortos de tiempo; los menores especialmente -pero también los adultos-, se vuelven más vulnerables al abuso y la negligencia, provocando que los problemas de naturaleza social y psicológica ya existentes puedan resultar agravados.


Según varias Agencias de Cooperación Internacional, los refugiados y los inmigrantes que viajan en situación muy vulnerable económica y socialmente, pueden sentirse abrumados o confundidos y angustiados, experimentar miedos y preocupaciones extremas, tener estallidos de emociones fuertes como ira o tristeza, pesadillas y otros problemas de sueño. Es habitual, que inmediatamente a su llegada a Europa, algunos puedan mostrarse muy emocionados, otros se ven afectados por múltiples pérdidas y están en proceso de duelo por todo lo que dejaron atrás  (personas, lugares y estilo de vida…). Pueden sentirse temerosos o ansiosos, o insensibles y distantes…, algunos pueden tener reacciones que afecten a su capacidad de funcionamiento y de pensamiento y, por lo tanto, afecten a su capacidad para cuidar de sí mismos y de sus familias, y de no poder hacer frente a los peligros y riesgos en su camino.


Los efectos del estrés pueden ser atenuados por servicios básicos, de seguridad y apoyo social. Las tasas de trastornos relacionados con el estrés extremo, como el trastorno por estrés postraumático, son más altas en refugiados que en personas que no fueron desplazadas por la fuerza, relacionado con las vivencias intensas y traumáticas (persecuciones, secuestros, agresiones, peligro de la propia vida por estar en zona de guerra…., etc.)

 

Sin embargo, para la mayoría de los refugiados e inmigrantes los eventos potencialmente traumáticos del pasado no son la única, ni la más importante fuente de angustia psicológica. La mayor parte del sufrimiento emocional está directamente relacionada con las tensiones y preocupaciones actuales y la incertidumbre sobre el futuro. La condición de refugiado o inmigrante, en sí misma, no hace a las personas, más vulnerables a los problemas psicológicos o a los trastornos mentales (si es más grave) , pero sí los expone a diversos factores de estrés que influyen en su bienestar y salud mental.


El ser emigrante es una condición intercambiable, sobretodo hoy más que nunca, porque no se nace extranjero sino que cualquiera puede llegar a serlo. El viajar a otro país con el deseo de desarrollar una nueva vida allí supone el comienzo de un proceso de adaptación a muchos niveles; la acomodación al nuevo entorno da como consecuencia múltiples respuestas de hiperactivación, todas ellas emitidas de cara a facilitar la adaptación al nuevo país y a unas circunstancias vitales diferentes.

 

Las reacciones psicológicas más frecuentes, y entendidas como normales dentro de este proceso de adaptación son:


A nivel cognitivo: Preocupación, pensamientos catastrofistas, pensamientos repetitivos relacionados con las cosas que preocupan, dificultades de concentración y atención. La situación a la que se enfrentan está marcada por la incertidumbre y la ambigüedad.

 

A nivel emocional/fisiológico: Reacciones de hiperactivación de los procesos fisiológicos y que son visibles a través de la ansiedad, el miedo o la inseguridad. A nivel físico, aparece en forma de problemas del tipo de cefaleas, dificultades gástricas o tensión muscular.

 

A nivel comportamental: Inquietud, conductas agresivas, actitud defensiva, bloqueos en la toma de decisiones. Todas las reacciones propuestas son entendidas como manifestaciones subclínicas en un proceso de adaptación, como es la migración a otro país. Tienden a desaparecer con el tiempo, o por lo menos, a disminuir en intensidad y no deberían generar una limitación importante en el funcionamiento de la persona.

 

 

Como decía anteriormente, en el proceso de emigrar, forzado o no, se producen diferentes duelos, diferentes pérdidas que son complicadas de asumir.

 

A nivel psicológico entendemos el duelo como el proceso de adaptación y asimilación a la pérdida de un ser querido o algo muy preciado. La pérdida se entiende como quedar privado de algo que se ha tenido (por ej., amistades), fracasar en el mantenimiento de una cosa que valoramos (por ej., cuando nos roban), reducir alguna sustancia o proceso (por ej., pérdida de habilidades físicas) o destruir o arruinar (por ej., las pérdidas causadas por una guerra; Neimeyer, 2002). La repercusión de la pérdida dependerá, además, del significado que le otorguemos al objeto perdido. La duración del duelo también es incierta pudiendo durar desde unos meses a un año.

 

En general, la pérdida es un suceso intrínseco a la naturaleza humana, es decir, que se nos presupone cierta resiliencia, o capacidad de adaptación. De ahí, que una mayoría de personas no necesiten ayuda profesional en un duelo, por complicaciones en el mismo.

 

Según Worden (1997), la sintomatología más característica en un proceso de duelo normal es:

 

· Síntomas cognitivos: Incredulidad, Confusión, dificultades para concentrarse y olvidos, preocupación, sentido de presencia y alucinaciones visuales o auditivas.

 

· Síntomas conductuales: Dificultades para dormir y despertar temprano, pérdida y/o aumento del apetito, aislamiento social, evitar situaciones que le recuerden al fallecido o visitar esos lugares de forma frecuente, conductas de búsqueda del fallecido, inquietud motora o llorar.

 

· Síntomas emocionales: Tristeza, enfado, culpa o autorreproche, ansiedad, soledad, fatiga, impotencia, embotamiento emocional.

 

· Síntomas físicos: Vacío en el estómago, opresión en el pecho, hipersensibilidad al ruido, sensación de despersonalización, falta de aire o debilidad muscular. Que la gran mayoría de las personas que pierden un ser querido no requieran intervención profesional especializada, no es incompatible con un abordaje psicológico de acompañamiento y normalización.

 

Es importante conocer que el duelo también lo sufren los autóctonos y también los que se quedan en el país de origen; de éste modo, los autóctonos también tienen que modificar aspectos de su vida al relacionarse con los inmigrantes: por ej., si nuestro hermano se casa con una persona procedente de México o de la India, lógicamente se tendrán que tener en cuenta a nivel de la vida familiar, sus costumbres culinarias, religiosas, sus fiestas tradicionales, su mentalidad, etc. , y habrá aspectos que se aceptarán gustosamente, y otros que pueden resultar más conflictivos. El autóctono también ha de hacer un esfuerzo para adaptarse a vivir con personas de otras culturas y mentalidades y "ver cómo cambia el paisaje humano" (Arriagada, E.).

 

Los que se quedan en el país de origen también notan la ausencia de la familia que marchó: hijos, madres, padres, viven intensamente las separaciones, muchas veces por largos años de sus seres queridos. Para un niño que ha vivido una infancia sin sus padres, toda la vida se hallará ya marcada por este hecho, por la migración de sus padres, por vivir una infancia huérfana y por el incremento de la vulnerabilidad.

 

Por otro lado, las personas que tuvieron que salir del país de manera forzada, es decir las personas solicitantes de protección internacional, han pasado por situaciones traumáticas, como son el ver peligrar su vida, ver morir a otros, vivir en un país en guerra…, perseguidos por tema de género, raza, o religión, hace que la persona tenga una mayor vulnerabilidad a desarrollar lo que se conoce como Estrés Post-traumático. Según Fouce, G. y col. (2016) las reacciones normales tras una experiencia traumática se pueden clasificar de la siguiente manera:

 

A nivel cognitivo:

 

· Tener imágenes o recuerdos sobre lo ocurrido. Suelen ser repetitivos y de carácter intrusivo.       

   Generan malestar intenso.

 

· Pesadillas o flashbacks con el contenido de los hechos traumáticos.

 

· Dificultades de memoria. En ocasiones, las personas pueden tener problemas para recordar partes   

   del evento traumático.

 

· Dificultades en los procesos básicos. Problemas de concentración o de atención derivados de los   

   problemas cognitivos.

 

· Ruptura de los supuestos o creencias básicas que teníamos hasta ese momento. · Pensamientos     

   críticos.

 

· Rumiaciones frecuentes sobre lo ocurrido.

 

· Intentos cognitivos de suprimir ciertos pensamientos o recuerdos desagradables.

 

 

A nivel emocional y fisiológico:

 

· Sensación de hipervigilancia constante.

 

· Irritabilidad.

 

· Activación constante, exceso de nerviosismo y sobresaltos frecuentes, reacciones de miedo o

   ansiedad.

 

· Sensación de fatiga mental y física.

 

· Cierto embotamiento emocional, traducido en incapacidad para sentir determinadas emociones.

 

 

A nivel conductual:

 

·Evitar situaciones, personas o pensamientos que nos recuerden el evento traumático.

 

·Recurrir a estrategias desadaptativas como el consumo de alcohol o fármacos.

 

·Tendencia al aislamiento social.

 

 

Todas estas reacciones son normales y tienden a desaparecer de forma progresiva. Son conceptualizadas como reacciones adaptativas tras un evento traumático, que lejos de dificultar el procesamiento del trauma, parece que pueden contribuir a una mejor metabolización. Todas estas reacciones se convierten en problemáticas cuando comienzan a generar una interferencia en diferentes áreas del individuo (social, laboral, familiar, personal).

 

 

 

 

Autora: Pilar Plaza Muñoz . Psicoterapeuta infanto-juvenil y de adultos. Psicóloga General Sanitaria.

18/09/2017

 

QUÉ HACER CUANDO A LOS MÁS PEQUEÑOS LES CUESTA ADAPTARSE A LA GUARDERÍA…

 


La mayoría de los niños y niñas suelen adaptarse bien a la escuela infantil, pero hay algunos pequeños a los que les cuesta más. Ciertas conductas pueden ser indicio de que existe algún problema.


Hoy en día la escuela infantil es una de las opciones más habituales para el cuidado de los niños. Visto desde la perspectiva del pequeño, la edad idónea para entrar en una guardería sería entre los 18 y los 24 meses, ya que en este momento tiene interés por estar con otros niños, mientras que antes se centra principalmente en su mamá o en su cuidador/a. A pesar de esto, los pequeños pueden adaptarse antes de ésta fecha siempre que por su puesto la atención y sensibilidad de los educadores y de la calidad del centro sean adecuadas. Si bien es fundamental el desarrollo del vínculo materno-filial (madre,  padre u otra persona que cumple la función de cuidado materno), la escuela infantil y la relación con otros niños, niñas y cuidadores, puede desarrollar también en los más pequeños sus habilidades cognitivas, sociales y lingüísticas. 

 


A la mayoría de los niños les cuesta empezar una segunda vida fuera del ámbito familiar. Incluso puede que en las primeras semanas de guardería vayan felices y que al cabo de un tiempo se muestren reacios a ir. Si tu hijo está en alguna de estas situaciones, es normal que durante un tiempo tenga reacciones como éstas: 


•    Se agarra fuertemente a ti o llora cuando vas a marcharte. Si al ratito se tranquiliza y luego se pasa el resto del día jugando y contento, puedes quedarte tranquila: está a gusto en el centro, es el momento de despedirse de ti lo que le cuesta. 


•    Se aferra a una de sus educadoras. Es normal que lo haga: ten en cuenta que para él es un punto de apoyo al que recurrirá mientras se sienta inseguro, pero a medida que vaya cogiendo confianza se irá soltando y se volverá cada vez más independiente y autónomo. 


•    Insiste en llevarse a la guardería su muñeco preferido, su pañuelo... No se lo impidas. Es su objeto de consuelo, que hace de puente entre su casa y la escuela, y lo necesita para sentirse seguro.


•    Muestra algún retroceso en su desarrollo. No es extraño que durante un tiempo recupere conductas que ya tenía superadas, como pedir el chupete o el biberón, temer a la oscuridad, negarse a ir a la cama...


•    Llora cuando vuelves a recogerle. Su actitud demuestra que tu ausencia le ha dolido y, aunque probablemente se lo haya pasado bien, algunas cosas como estar con otros niños, compartir educadora, o esperar turno le habrán costado un cierto esfuerzo. Por eso al verte desahoga llorando todo el estrés que ha acumulado. 

 


Lo habitual es que a los pocos días o semanas estas reacciones desaparezcan, así que no te preocupes y mantén una actitud comprensiva y paciente. Fíjate en otros indicadores que son más fiables para saber si tu hijo se está adaptando bien a la guardería, como su actitud general, y su tiempo de juego; su relación con su educadora y la información que ella te da al final del día como si ha comido bien, o si ha jugado feliz, etc. 


Tanto si tu hijo va a empezar la guardería (intenta que este momento no coincida con otros cambios importantes en su vida, como un nuevo hermanito o una mudanza) como si lleva un tiempo en ella y no acaba de sentirse a gusto, estas pautas te resultarán muy útiles para facilitarle la adaptación.


Hay una serie de conductas que pueden indicar que existe un problema real de adaptación:


•    Se muestra excesivamente dependiente de ti. 


•    Está triste gran parte del día. 


•    Sufre problemas de sueño que perduran durante varias semanas. 


•    Tiene serios retrocesos en su desarrollo. Si los retrocesos eventuales como volver a hacerse pis, recurrir al chupete o chuparse el pulgar se mantienen después de varias semanas o se intensifican, indica que hay un problema. Algo significativo es que empiece a comer muy mal o a pedir la comida triturada o en biberón. 


•    Manifiesta cambios importantes en su comportamiento. De repente se vuelve más callado, más miedoso y triste, contesta, o desobedece a todas horas, etc. 

 


Si tu hijo muestra una o varias de estas conductas, conviene que analizar la situación y que te plantees si la escuela que has elegido es la adecuada. Si la respuesta es afirmativa, el siguiente paso es hablar con los educadores para buscar una solución entre todos. Una buena idea es pedir que asignen al niño una educadora concreta que le preste una atención extra durante un tiempo, para que tenga una mayor sensación de seguridad. Cuéntale sus peculiaridades, como los hábitos que tiene para dormirse, sus preferencias, su mascota, etc

 

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A continuación os presentamos algunas pautas que pueden facilitar una mejor adaptación del pequeño a la escuela infantil si estás detectando que tiene dificultades:


•    Déjale llevar algún objeto que le sirva de puente entre los dos mundos (hogar-escuela). Puede ser su mascota o algo tuyo, como un pañuelo. El olor a casa le calmará mucho.


•    Despídete siempre de él. Si se acostumbra a que te vayas sin despedirte, cada vez que te pierda de vista se angustiará. Lo mejor es que le des un beso, le digas cuándo vas a recogerle y te vayas. No alargues el adiós y acepta que el llanto es parte de esta despedida.


•    Dedícale todo el tiempo que puedas en casa, así aprenderá que a la separación le sigue un tiempo de calidad, mira sus trabajos, pregúntale qué ha hecho ese día, participa en actividades del centro... 


•    Acuerda si es posible con la escuela que la entrada sea progresiva. Así, el primer día el niño permanece en ella sólo una o dos horas y en presencia de su mamá, y después, poco a poco se va ampliando este horario, ya sin la madre.


No es bueno sacar al pequeño ante mínimos problemas, ya que en muchos casos al poco tiempo ya está adaptado, pero hay ocasiones en las que es necesario no llevarlo más. En general se puede decir que cuanto más perduren los problemas y más serios sean, más razones habrá para no seguir, y es que no todos los niños maduran al mismo tiempo, y si llevamos al pequeño cuando aún no está preparado para adaptarse a la convivencia en grupo, puede que al final se haga a la situación y deje de llorar, pero no se sentirá feliz y se verán afectadas su confianza en el mundo y su seguridad en sí mismo.

 

 

 

Autora: Pilar Plaza Muñoz . Psicoterapeuta infanto-juvenil y de adultos. Psicóloga General Sanitaria.

EL PROCESO DE DUELO

El duelo, procede del latín “dolus”, y puede ser definido como el proceso por el que atraviesa la persona ante la muerte de un ser querido, pero puede ampliarse la definición a cualquier dolor que signifique la pérdida de objetos, beneficios, estados de bienestar (salud, economía, poder, imagen,...etc.). Es una de las experiencias más estresantes que ha de afrontar el ser humano. 

 

El duelo es un proceso natural en todas las personas, en que  el doliente atraviesa una serie de fases o tareas que le conducen a la superación del mismo.

 

Según Kübler-Ross, E., el duelo se manifiesta en cuatro fases, que pueden alternarse en un principio hasta la resolución sana en la última etapa; son las siguientes:

 

1.Fase de negación: Negarse a sí mismo o al entorno que ha ocurrido la pérdida.

 

2. Fase de enfado o ira: Estado de descontento por no poder evitar la pérdida que sucede. Se buscan razones causales y culpabilidad.

 

3. Fase de negociación: Negociar consigo mismo o con el entorno entendiendo los pros y los contras de la pérdida. Pueden llegar a sucederse episodios depresivos que deberían ceder con el tiempo.

 

4.Fase de aceptación: se asume que la pérdida es inevitable. Supone un cambio de visión de la situación sin la pérdida; siempre teniendo en cuenta que no es lo mismo aceptar que olvidar.

 

 

Según Fernández y Rodríguez, las manifestaciones normales que se dan en el duelo son las siguientes:

 

 

  • SENTIMIENTOS: 

Tristeza, rabia (incluye contra sí mismo e ideas de suicidio), irritabilidad, culpa y autorreproches, ansiedad, sentimientos de soledad, cansancio, indefensión, anhelo, y anestesia emocional entre otros.

 

  • SENSACIONES FÍSICAS:

Molestias gástricas, dificultades para articular palabra o para tragar, opresión en el pecho, hipersensibilidad al ruido, despersonalización, sensación de falta de aire, debilidad muscular, falta de energía, sequedad de boca, trastornos del sueño.

 

  • PROCESOS MENTALES:

Incredulidad, confusión, problemas de memoria, en la atención y/o concentración, preocupaciones, pensamientos desagradables recurrentes, pensamientos intrusivos con la imagen del muerto o de lo que se ha perdido, etc.

 

  • ALTERACIONES PERCEPTIVAS:

Alucinaciones auditivas y visuales, normalmente transitorias y seguidas de críticas, fenómenos en los que se siente presente a la persona...

 

  • CONDUCTAS:

Sobreingesta, o por el contrario anorexia, alteraciones del sueño, sueños con el fallecido o aquello que se ha perdido, distracciones, abandono de las relaciones sociales, evitación de lugares y situaciones, o por el contrario visita de lugares significativos, atesoramiento de objetos relacionados con la persona desaparecida...


 

A continuación se exponen algunas orientaciones que pueden ayudar a vivir el proceso conscientemente y permiten superar las distintas etapas, evitando la aparición de comportamientos patológicos:

 

 

-Hablar con el doliente acerca de la realidad de la pérdida.


-Permitir la contemplación del cuerpo del fallecido.


-Ayudar a identificar y expresar sus sentimientos, a su propia manera, manteniendo una comprensión empática y sin forzar nunca la situación.


-Promover una despedida en forma de algún ritual simbólico, por ejemplo a través de la elaboración de una carta, pues estos actos permite que la persona haga un mejor cierre y aceptación de lo ocurrido, y ayudan  a reencontrar sentido y satisfacción en la vida para las personas que han sufrido una gran pérdida.


-Acompañar (aceptar) a la persona en su proceso personal, comprendiendo que puede ser largo en el tiempo, lo que supone que pueda mostrar llanto con frecuencia, y que darle el mensaje de "no llores" no sólo no le ayuda a elaborar la pérdida si no que le impide además expresar sus sentimientos y le crea ante el otro la imagen de blandengue.

 

 

A pesar de todo esto, si el duelo llegara a ser muy intenso y/o muy duradero en el tiempo, y en consecuencia, le produjera al doliente gran sintomatología negativa que le impidiera desarrollar una vida normal, es aconsejable que solicite ayuda de un profesional de la psicología que le apoye en su elaboración de la pérdida.

 

 

 

Autora: Pilar Plaza Muñoz. Psicóloga General Sanitaria. Psicoterapeuta infanto-juvenil y de adultos.

DIFICULTADES DE LAS MUJERES VÍCTIMAS DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO EN LA PAREJA

Me gustaría poder acercar la realidad de la mujer que sufre violencia de género, porque con frecuencia tanto amigos/as, como familia y algunos/as profesionales, se frustran al ver que algunas mujeres no ven la violencia que sufren o que son  incapaces de separarse, aceptar ayuda y ponerle fin al maltrato.

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El modelo que a continuación se propone con mujeres que sufren violencia por parte de su pareja o expareja está basado en el modelo teórico de cambio de Prochaska y Di Clemente. Este modelo psicológico se aplica a las adicciones, y en relación a la violencia de género, se podría decir que algunas de las mujeres que tiene dificultades para alejarse del maltratador, está motivado por una dependencia emocional de la pareja. A continuación se exponen las diferentes fases por las que pueden pasar las mujeres víctimas, siendo conscientes o no de la violencia, y la consecuente frustración, como decía, que sufren los/as amigos/as y familia que sienten que no pueden hacer nada práctico para sacarla de la situación de violencia:

 

 

Fase precontemplativa:


La mujer no reconoce la violencia como un problema. Las características son las siguientes: 


•La mujer no tiene conciencia del problema.


 » No reconoce la conducta del maltratador como abusiva. 
» Puede ver su relación de pareja como normal. 
» No tiene intención de hacer cambios en su relación. 

 

• Formas de reaccionar de la mujer: 


» Negar la relación de maltrato. 
» Defender al maltratador (ej.: “es un buen padre”). 
» Autoculpabilizarse (ej.: “si la cena hubiese estado a tiempo, no me hubiera pegado”). El maltratador la culpabiliza de sus agresiones, y llega un momento en que la mujer se lo cree.


 » Culpabilizar a los demás (ej.: “si mis amigas no vinieran tan frecuentemente, si los niños no hicieran tanto ruido…”). 
» Minimizar el problema (ej.: “esto ocurre en todas las parejas; no es para tanto…”). 
» Mostrar desesperanza (ej.: “no es necesario hablar de ello ya que no va a cambiar nada”). 
» Abandonar la relación con quien le presta atención. 

 

 

Fase contemplativa :


Se puede identificar a través de las siguientes características:


• Empieza a tomar conciencia de que existe una relación abusiva y/o problemática. 
• Análisis de pros y contras respecto del posible cambio que aún no está dispuesta a realizar. 

• Pueden establecerse dos etapas: 


» Ocultación. No quiere o no puede revelar lo que le ocurre a otras personas. 
» Revelación. Se dispone a comunicar lo que le ocurre. 

 

 

Fase de preparación


• La mujer va realizando pequeños cambios, por ejemplo, puede empezar a desarrollar actividades de ocio, ampliar la red social, etc. 
• Pueden aparecer sentimientos de ambivalencia respecto de su relación y de la decisión de separarse de su pareja.

 

 

Fase de acción :


• Hace cambios manifiestos para mejorar su situación respecto de la violencia, por ejemplo, empezar a buscar trabajo (si no lo tenía anteriormente) para tener independencia económica, participar en algún grupo de apoyo o buscar algún abogado para el proceso de separación. 
• Los cambios que tienen lugar han podido ser iniciados y solaparse con la fase de preparación. 

 

 

Fase de mantenimiento:


 • Pueden reaparecer sentimientos de ambivalencia hacia su agresor y su situación anterior. 
• En esta fase la mujer mantiene los cambios que ha hecho. 

 

 

Fase de recaída


• La mujer vuelve a vivir una situación de VG.

 


 

Por otro lado, para comprender un poco más las diferentes circunstancias que las influyen y dificultan el salir de la relación violenta hay que tener en cuenta además:

 

• Las creencias y valores propios relacionados con la construcción social de género que ella incorpora en mayor o menor grado. Como ejemplos se pueden señalar:

 

o    El “mito del amor romántico” que hace que la mujer interprete las restricciones que su pareja maltratadora impone a su libertad como el camino a la felicidad.


o    Su responsabilidad para mantener la armonía familiar y ayudar a su pareja a que la situación de maltrato desaparezca y puedan volver a tener una convivencia “normal” de pareja.

 

• La pérdida de su pareja, de la familia que crearon conjuntamente, del proyecto de vida, de las amistades comunes, de los bienes compartidos.

• El miedo a que la violencia se incremente, a las amenazas del maltratador, al aislamiento, incredulidad e incomprensión sociales.

• Los sentimientos de culpa, de vergüenza, de baja autoestima y de fracaso derivados del proceso de descalificación crónica al que han estado sometidas.

 

 

Obstáculos de otro orden que contribuyen a esta dificultad y que es necesario considerar:

 

• Falta de servicios efectivos, seguros y accesibles. En ocasiones existe falta de información o información sesgada en el colectivo profesional y en las mujeres. Así mismo se pueden observar actitudes y estereotipos profesionales y sociales que culpan a la mujer por la situación de malos tratos.

• Medidas de apoyo social: escasez de plazas gratuitas en algunos de los servicios, como por ejemplo guarderías, centros para personas mayores; dificultad de acceso a una vivienda, a un empleo.

• Desigualdad económica y social, condiciones laborales inestables y discriminación en el empleo por razón de género. Muchas mujeres abandonan su empleo por el acoso y acecho de sus parejas o exparejas. A veces las organizaciones laborales son pocos flexibles y no facilitan que las mujeres realicen las gestiones derivadas de la situación de VG.

• La inaccesibilidad a los recursos y a las medidas de protección disponibles ya que el maltratador suele ser en muchas ocasiones la única fuente de información de las mujeres.

• Las situaciones de vulnerabilidad que afectan a algunas mujeres como por ejemplo: inmigración, indigencia, discapacidad, la vejez o la infancia.

• Las condiciones sociales, culturales y/o étnicas en las que no se acepta la separación o el divorcio, y se teme el rechazo del grupo social o familiar.

 

En ocasiones, como decía anteriormente, familiares y amigos/as se preocupan por convencer a la mujer que deje la relación, que busque ayuda, pero el problema es que si ella se encuentra en la fase pre-contemplativa en la que no es consciente de ese maltrato, lo que suele ocurrir es que ella se enfade, y se cierre en banda, no informando de las agresiones que sufre, y por añadido, sintiéndose más sola que antes por no sentirse apoyada en lo que ella cree que necesita. Por el contrario, acompañándola en su proceso, siempre podrá acceder a la petición de ayuda en el momento en que vislumbre lo que la está pasando realmente.

 

En último lugar, comentar la posibilidad que tienen también los/as amigos/as, y familia en llamar a los recursos de orientación a mujeres víctimas como el 016, una manera de recibir una orientación más específica según el caso concreto; se trata de un teléfono gratuito, anónimo, y que no deja huella en la factura del teléfono; funciona a nivel nacional, y desde allí orientan a nivel legal, y redirigen también a los servicios telefónicos de atención psicológica en cada comunidad autónoma, y que dan acceso también a los diferentes recursos presenciales relativos al área jurídica, social, psicológica, de empleo y de atención a los menores observadores, pues éstos últimos son también víctimas de violencia de género.

 

 

 

Autora: Pilar Plaza. Psicóloga General Sanitaria. Psicoterapeuta especializada en violencia de género.